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Narcos: El hechizo del vicio




"Narcos" es una serie que se presenta como la más acabada y refinada de todas las producciones originales de Netflix; se nota la mano segura de quien ya tiene un camino avanzado y una lección aprendida. Los chicos de Netflix, desde "House of cards", la tienen clara y saben por dónde pisan. Así, el servicio de streaming, la productora francesa Gaumont y el director José Padilha junto al showrunner Chris Brancato tienen el atrevimiento, acaso como los narcos de esta historia, de tocar el cielo y sobrevivir para contarlo.

Lo primero que llama la atención de la serie (y sospecho que es su mejor valor) es el ritmo trepidante que te hace avanzar a velocidad de crucero mientras sigues el viejo juego del policía obsesionado que busca capturar al delincuente esquivo. Esta es la historia de una pesquisa para atrapar al ladrón, al delincuente todopoderoso que vive y avasalla a sus súbditos con poder absoluto. Eso sí, digamos de una vez que en “Narcos” no tenemos una historia de mafiosos venerables con el aura viscontiana de “El Padrino”; tampoco estamos ante un relato de morales opuestas y castigos ejemplares como en las cintas de gánsteres de los treinta; ni siquiera tenemos al frente a un desmesurado y autodestructivo Caracortada. El Pablo Escobar de Netflix no es un pequeño César, ni un Tony Montana. Los productores no quieren que le tengamos (demasiada) piedad, pero sí que sepamos de lo que este “paisa” es capaz de hacer por conseguir lo que quiere. La espiral de violencia y la historia del auge criminal tienen más la impronta narrativa de las películas de Scorsese, sobre todo de “Buenos muchachos”, a la que hace notar sus deudas desde las primeras escenas en donde atendemos a la voz cínica del narrador, el agente de la DEA que se propone capturar a Escobar; también cuando vemos la acción violenta que desencadena el flashback que narra toda la trama y, por cierto, cuando sentimos el ritmo acelerado y vibrante al son de la cumbia colombiana. A la vuelta de cada esquina narrativa, los arpegios caribeños que alimentan muchas escenas -en especial las finales de cada episodio- tienen aquí misma la pertinencia del “Atlantis” de Donovan en la película de Scorsese.

Los productores no quieren hacerse problemas con todo lo demás. Si aciertan con el ritmo, el resto va en piloto automático, lo que no es necesariamente malo: los personajes están bien delimitados desde el comienzo en base a gestos y actos que los definen sin dudas ni atisbos. Eso es todo lo que necesitamos. Los malos pueden ser muy malos y los buenos tienen la  obligación de ser buenos. Los agentes de la DEA recuerdan un poco a los policías y hombres de ley en las películas de Michael Mann, profesionales que cumplen el deber, pero lo hacen con andar displicente y sin obsesionarse necesariamente por ello. Los valores de producción se lucen en una puesta de escena en donde se palpita un realismo que por momentos trastabilla debido a algunas decisiones cuestionables. La más inquietante de todas: el poco convincente acento colombiano de Walter Moura, el actor brasileño que interpreta a Pablo Escobar. A pesar del talento del actor, la experiencia gozosa de la ficción se resiente un poco debido a este cruce idiomático. Los problemas de casting se notan también en la mayor parte del reparto femenino en donde las actrices no destacan especialmente y tienen un rol de soporte apenas disimulado.


Más allá de eso, el reparto comparte un uso del castellano que se diversifica entre actores de diversas latitudes (colombianos, mexicanos, chilenos y hasta peruanos) con los actores de habla inglesa que se esfuerzan por ser los nuevos vaqueros en un territorio salvaje ya no poblado de comanches pero sí de peligrosos latinos armados, que son capaces de hacer estallar una bomba en un avión. Latinoamérica es el (nuevo) Viejo Oeste lleno de salvajismo impuro que pide civilización a gritos. El agente de la DEA Steve Murphy juega aquí a ser un Henry Fonda de la era Reagan listo para imponer orden a balazos en este O.K. Corral tropical. Y es que “Narcos” es, al fin y al cabo, una producción norteamericana y no cabe duda que la mirada del héroe sea bastante paternal, por decir lo menos. Desde la imagen del latino macho, chispeante y quimboso que se destaca sin mucha sutileza, hasta la caracterización plana de los guerrilleros, políticos y, cómo no, los narcos del título. En este lado del mundo no deja de ser un poco gracioso como todos los estereotipos se cumplen a pie juntillas. Cosa de personajes fácilmente reconocibles, supongo. Eso sí, se agradece a quien corresponda el tener una buena historia hablada en dos idiomas, algo que Steven Soderbergh ya había hecho en “Traffic”. Nada de concesiones para el espectador, todos a escuchar el idioma original donde se desarrolla el drama. Este es el gran tour de force que no se atrevió a dar “Sense8”, otra serie de Netflix que contaba en este caso una historia coral multilingüe.

No deja de ser interesante el reclamo hacia la verosimilitud que exige la serie a su audiencia. Hay una mirada asombrada y maravillada ante un país en donde hasta lo más irreal y fantástico podría suceder. Igual que en las historias del realismo mágico cuya definición atendemos en los primeros segundos de la serie. Y es que el asombro es aquí la divisa, el policía de la DEA que tiene el rol de corifeo necesita apelar a la confianza del televidente, casi rogando por que le crean. Y es que todo lo que vamos a ver es real y verificable, por imposible que pueda parecer. Es curioso notarlo, pero lo real maravilloso de este cuento para el televidente anglosajón se siente absolutamente cotidiano y naturalista para el público latino. “Narcos” tiene una magia que solo los hispanos vemos como un hechizo maléfico.


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